Madurez espiritual y descanso aprendidos a través de la exposición de 1 Corintios 10 por el pastor David Jang

David Jang

El desierto no es solo un terreno de arena y piedra, sino un escenario inmenso donde queda al descubierto hacia qué dirección se inclina el corazón humano. El hilo con el que el pastor David Jang (fundador de Olivet University) desentraña 1 Corintios 10 comienza precisamente en ese punto. La advertencia que Pablo dirige a la iglesia de Corinto no es una invitación a consumir la historia de Israel como una anécdota religiosa. Al contrario, coloca los acontecimientos ocurridos en el desierto tras el Éxodo como un “espejo” y los erige como un dispositivo profético para que la comunidad de fe, aquí y ahora, se mire a sí misma. El peligro empieza en el momento en que, por haber recibido el bautismo, participar de la Cena del Señor, conocer la Palabra o conservar el recuerdo de una experiencia espiritual, uno concluye que ya “está firme”. El pastor David Jang sitúa el versículo de 1 Corintios 10:12 en el eje central de su predicación: “Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga”. Este solo versículo apunta de frente a la tentación más antigua de la fe: la soberbia y la autosuficiencia espiritual. Y, a la vez, enlaza en un mismo aliento la advertencia con la meta, mediante la declaración de 1 Corintios 10:31: “Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios”. Si la advertencia pierde su propósito, solo queda el miedo; si el propósito pierde la advertencia, solo queda un lema romántico. El pastor David Jang insiste en que 1 Corintios 10 es “un capítulo importante que hay que estudiar a profundidad” porque es una brújula precisa que restaura el equilibrio de la vida de fe.

El ejemplo que Pablo saca a colación para interpelar a Corinto es impactante. Habla de “nuestros padres” —Israel— y dice que estuvieron bajo la nube y atravesaron el mar (1 Co 10:1), y que comieron y bebieron alimento y bebida “espirituales”. Como quienes cruzaron el mar Rojo atravesando la frontera entre la muerte y la vida, ellos experimentaron una especie de bautismo comunitario. El maná del desierto y el agua de la roca no fueron meros recursos de supervivencia, sino pruebas diarias de la fidelidad de Dios que podían saborear. Pablo conecta esa roca con Cristo (1 Co 10:4). Y, sin embargo, muchos de ellos cayeron en el desierto. Aquí Pablo no subraya la ausencia de gracia, sino un hecho inquietante: incluso después de haber experimentado la gracia, el corazón humano puede doblarse hacia otra dirección. El pastor David Jang sacude en este punto la fe “en piloto automático” de los creyentes modernos. Los años de asistencia a la iglesia, el conocimiento teológico, los logros ministeriales o el reconocimiento dentro de la comunidad pueden ser señales de madurez, pero no son la madurez en sí. Más aún: todo eso puede embotar el corazón, borrar la necesidad del arrepentimiento y fortalecer el autoengaño de “ya estoy bien”. Por eso la pregunta que Pablo arroja es sencilla: “¿De verdad estás firme, o solo quieres creer que lo estás?”. El desierto es el lugar donde esta pregunta se revela con una honestidad casi despiadada.

La fuerza de las historias del desierto reside en su concreción viva. Pablo convoca una escena tras otra de fracaso para decir, en esencia: “Estas cosas son nuestro espejo” (cf. 1 Co 10:6). Cuatro trampas, que el pastor David Jang recuerda de manera reiterada en su exposición, aparecen como nudos clave: la idolatría, la inmoralidad sexual, tentar al Señor y la murmuración. No es una simple lista moralista de prohibiciones; es un mapa profundo que muestra cómo una comunidad distorsiona su relación con Dios. La idolatría consiste en abandonar a Dios y erigir otra cosa como valor último; la inmoralidad sexual, más allá del descontrol del cuerpo, destruye el orden de las relaciones y la fidelidad del pacto. Tentar al Señor no lo honra como objeto de confianza, sino que lo reduce a herramienta para satisfacer criterios personales. La murmuración borra el recuerdo de la gracia, agranda solo la carencia presente y convierte el lenguaje comunitario en veneno. Estas cuatro trampas no están aisladas. Cuando la idolatría cambia el centro del deseo, la expansión del deseo estalla en formas como la inmoralidad; cuando ese deseo no se satisface, se “pone a prueba” a Dios; y al final, el aire de la comunidad se vuelve queja y resentimiento. El pastor David Jang muestra esta cadena y enfatiza que el fracaso en el desierto no es solo una caída individual, sino el mecanismo de un colapso comunitario.

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El episodio emblemático de la idolatría —el becerro de oro (Éxodo 32)— es, en el fondo, la historia de un “fracaso en la espera”. Cuando Moisés no bajaba del monte, el pueblo no soportó la inquietud ni la impaciencia, y cambió al Dios invisible por una figura visible. La fe, por esencia, es un camino que confía en lo que aún no se ve; pero ellos intentaron llenar de inmediato el vacío de la confianza con un sustituto. El pastor David Jang vincula este suceso con el materialismo de hoy. El becerro de oro moderno no se moldea con metal, sino con números, resultados y el lenguaje de la comparación. Cuando el saldo bancario, las visualizaciones, los seguidores, el prestigio académico, el cargo, el rendimiento, los metros cuadrados de una propiedad o la sensación de estar “por delante” ocupan el lugar de Dios, ya estamos postrados ante un ídolo. Más peligroso aún: el ídolo suele envolverse en “lenguaje religioso”. Cuando interpretamos el éxito únicamente como bendición y decretamos el rendimiento como prueba de gracia, mientras ignoramos el peso de la humildad, la justicia y el amor que Dios demanda, el becerro de oro crece silenciosamente incluso dentro de la iglesia. El pastor David Jang, al recordar la expresión de fondo “se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a regocijarse” (en el contexto de 1 Co 10:7), deja claro que la idolatría no es solo un error de ideas, sino una fiesta adictiva que reconfigura el ritmo completo de la vida. Un banquete que parece disfrutarse sin Dios puede terminar siendo un banquete que agranda el hambre, precisamente porque se vive lejos de Dios.

Como testimonio artístico que vuelve aún más nítido este punto, podemos evocar la obra “La adoración del becerro de oro” (The Adoration of the Golden Calf) del pintor francés Nicolas Poussin. El ídolo en el centro del lienzo brilla con dorado, pero los gestos de la multitud que lo rodea no componen un orden, sino un remolino de excitación. El frenesí de danza, música y rito parece unir por un instante a la comunidad; sin embargo, esa cohesión no nace de la reverencia hacia Dios, sino de la complicidad hacia el deseo. Poussin no pinta aquella escena del desierto como un simple evento religioso, sino como una tragedia de cómo el ser humano maneja la ansiedad y el deseo. La función del “espejo” de la que habla el pastor David Jang es precisamente esta: al mirar a la multitud en el cuadro, antes de preguntar “¿por qué llegaron tan lejos?”, nos vemos llevados a preguntar “¿qué estoy absolutizando yo en mi vida?”. La forma de los ídolos cambia según la época, pero la estructura del corazón que los fabrica se parece de manera sorprendente.

El problema de la inmoralidad sexual derrumba con más filo la confianza comunitaria. Como en el incidente de Números 25, Israel vivió junto con Moab tanto el desorden sexual como la idolatría. Pablo menciona la inmoralidad sexual por separado en 1 Corintios 10 porque el pecado sexual no termina como “error secreto” de un individuo, sino que enferma a toda la comunidad. El pastor David Jang no reduce la inmoralidad sexual a un simple “fracaso de abstinencia”; la conecta con una traición que desfigura el lenguaje del pacto, es decir, con una actitud que vuelve liviana la relación con Dios. Cuando el amor se degrada a consumo, el prójimo se rebaja a herramienta del deseo y el cuerpo deja de ser un lugar de reverencia para convertirse en mercado de placer, la comunidad de fe se desmorona desde dentro. Y si recordamos que Corinto era una ciudad saturada de libertinaje sexual y sincretismo religioso, la advertencia de Pablo no es mero moralismo: es una proclamación sobre la “identidad del evangelio”. El evangelio nos llama a ser nueva creación, y ese llamado incluye la ética del cuerpo y la ética de las relaciones. El pastor David Jang subraya que, en un entorno digital donde imágenes y estímulos se adhieren a la punta de los dedos, esta advertencia se ha vuelto aún más urgente. El estímulo es rápido, pero el amor es lento; el consumo es inmediato, pero el pacto exige paciencia. La lección del desierto desafía la velocidad de esta época y urge a recuperar el valor lento de guardar santas las relaciones.

El pecado de tentar al Señor es especialmente engañoso porque, por fuera, puede parecer celo religioso. Israel, cada vez que faltaba agua, preguntaba si “el Señor está entre nosotros o no” (Éxodo 17), pero en el fondo no había confianza, sino un contrato condicionado: “Creeré si me muestras, en mi manera, en mi tiempo, la evidencia que exijo”. Esa postura no honra a Dios como soberano; lo rebaja a proveedor de servicios frente a un cliente. Que Jesús rechazara, en su tentación en el desierto, la exigencia del maligno citando “No tentarás al Señor tu Dios” revela que la relación con Dios no es de manipulación y trueque, sino de amor y confianza. El pastor David Jang explica que, cuando el creyente es capturado por la impaciencia, la oración deja de ser súplica para convertirse en presión, y la espera deja de ser entrenamiento de madurez para transformarse en “prueba” de incredulidad. Cuando no entendemos la providencia, apuramos el cielo con la palabra “ya”. Pero la fe muchas veces se profundiza en la “demora”. El tiempo del desierto no es desperdicio, sino formación. Dios no es solo quien nos traslada a un destino; es quien, en el camino, nos va moldeando como personas. Tentar al Señor es rechazar ese tiempo formativo y convocar a Dios únicamente como solucionador inmediato: es una teología de la prisa.

La murmuración parece la última trampa del desierto, pero en realidad es la más cotidiana y la más contagiosa. No es solo expresión de mal humor: es una elección que rechaza el recuerdo de la gracia. En el instante en que olvidamos lo que Dios ya dio, la carencia se exagera, la comparación se intensifica y el lenguaje comunitario se inclina de la gratitud al cinismo. El pastor David Jang enfatiza que la murmuración endurece el corazón, y ese endurecimiento bloquea el camino de entrada al descanso. El Salmo 95 y Hebreos 3–4 repiten: “Si hoy oís su voz, no endurezcáis vuestro corazón”. Aquí “hoy” no es un horario, sino el lenguaje de la oportunidad. Dios llama siempre en presente, pero el corazón que murmura vive en pasado: “antes era distinto”, “¿por qué solo tenemos esto?”, “a otros les va así…”. Estas frases arrancan el alma de la gracia del presente y la arrastran al desierto interminable de la comparación y la insatisfacción. Cuando la murmuración se vuelve normal, la comunidad se seca por dentro. Incluso la entrega sincera de alguien se mira con sospecha, los pequeños errores se agrandan y el amor se vuelve cálculo. El pastor David Jang no etiqueta la murmuración como una “mala actitud” sin más; muestra que es un pecado estructural que baja la temperatura espiritual de la comunidad. La murmuración debilita la confianza en Dios y, al mismo tiempo, seca la generosidad hacia las personas.

Sin embargo, la intención de Pablo no se queda en el “no hagáis esto”. 1 Corintios 10 presenta, junto con la advertencia, un refugio. La promesa del versículo 13 transforma la lección del desierto: no la deja como recuerdo de miedo, sino que la vuelve herramienta de esperanza. “No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana” reconoce la realidad de la prueba, sin negarla, y proclama que Dios sigue siendo soberano sobre esa prueba. El pastor David Jang resalta, a partir de este texto, que el creyente no tiene por qué elegir la desesperación. La prueba revela nuestros límites, pero también es el lugar donde experimentamos la fidelidad de Dios. Creer en el Dios que “da también juntamente con la tentación la salida” no significa quedarse quieto esperando que la tentación desaparezca; significa creer que, incluso dentro de la tentación, podemos escoger otro camino. Por eso la madurez espiritual no se completa en un ambiente de “sala esterilizada”. Crece, más bien, en la arena del desierto: aferrando un corazón que tiembla y reordenando la dirección una y otra vez.

La emoción clave que hace posible esta repetición es la “gratitud” y la “mansedumbre”. El pastor David Jang enlaza aquí el tema del descanso y lo subraya con fuerza. Hebreos 4 dice que todavía queda un reposo para el pueblo de Dios. El descanso no es solo parar actividades; es el estado de confiar en lo que Dios ya ha realizado. Es soltar la obsesión de controlarlo todo con nuestras fuerzas, reconocer la soberanía de Dios y vivir apoyados en su promesa. Pero la murmuración, la prueba insolente, la incredulidad y la idolatría se colocan en el lado opuesto del descanso. La incredulidad exige confirmaciones constantes; la murmuración magnifica sin cesar la carencia; la idolatría susurra que nos aferremos a otro objeto. El pastor David Jang propone la gratitud y la mansedumbre como actitudes espirituales que cortan este flujo. La gratitud es la técnica de recordar la gracia; la mansedumbre es la cualidad de expresar esa gracia en las relaciones. Si la gratitud reorienta el corazón hacia Dios, la mansedumbre sostiene esa orientación dentro de la comunidad.

La bienaventuranza de Jesús —“Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad” (Mt 5:5)— dialoga profundamente con la lección del desierto. El desierto era el corredor hacia la tierra prometida, pero el modo de atravesarlo formaba el carácter de quienes heredarían la tierra. El pastor David Jang hace recordar la vida de Moisés. Al inicio, Moisés intentó resolver los problemas con ímpetu y violencia; pero tras cuarenta años en el desierto aprendió mansedumbre. Sin embargo, guardarla hasta el final no fue sencillo. Ante la murmuración incesante del pueblo, golpeó la roca dos veces y ese error, según el relato, le impidió entrar en Canaán. Esta historia muestra cuán fuerte puede ser la tentación del desierto incluso para un líder. La mansedumbre no es debilidad: es la capacidad de refrenar la propia fuerza ante Dios. Cuanto más ruidosas son las quejas de la comunidad, más se siente el líder tentado a levantar la voz y empujar con dureza. Pero el desierto busca formar al líder no como un técnico del control, sino como un guía de la confianza. El pastor David Jang enfatiza la mansedumbre a educadores, padres y líderes porque percibe que el futuro de una comunidad se decide más profundamente por el carácter que por la estrategia.

La gratitud y la mansedumbre no son virtudes abstractas; son prácticas entrenables. Como dice 2 Timoteo 3:16–17, la Escritura es útil para enseñar, reprender, corregir e instruir en justicia. El pastor David Jang afirma que el propósito de leer las historias del desierto no es dictar sentencia: “ellos estaban equivocados”. La Escritura nos reprende, pero también nos corrige. Cuando surge la murmuración, podemos preguntarnos: “¿Qué estoy olvidando ahora?”. Cuando el deseo se sobrecalienta, podemos revisar: “¿Estoy valorando más lo que no tengo que lo que Dios ya me dio?”. Cuando el logro de otro sacude el corazón, podemos confesar: “¿Estoy construyendo mi identidad con el lenguaje de la comparación?”. Estas preguntas no están para inflar la culpa, sino para abrir la puerta hacia la libertad. La gratitud responde a estas preguntas con práctica. La gratitud no es una descarga emocional porque “todo va bien”, sino un lenguaje elegido: recordar lo que Dios ya ha hecho. Y ese lenguaje cambia el aire de la comunidad. Una comunidad sana no lo es porque “no habla de problemas”, sino porque habla de los problemas de otra manera. El lenguaje de la gratitud no esconde los problemas, pero los aborda desde la perspectiva de la gracia. La mansedumbre no evade el conflicto, pero permite decir la verdad sin destruir a las personas. El pastor David Jang extrae precisamente esta gramática de una espiritualidad práctica desde el interior de 1 Corintios 10.

Cuando el pastor David Jang menciona, en su predicación, aplicaciones para la educación y la vida comunitaria, trae el mensaje al terreno real. Advierte que, si escuelas, instituciones educativas y la iglesia —la comunidad de fe— se obsesionan solo con “lo que vamos a producir de nuevo” y olvidan “lo que Dios ya ha hecho en medio de nosotros”, entonces la murmuración del desierto vuelve a empezar. La educación no es una técnica de transferencia de conocimientos, sino una misión de transmisión de memoria. Si no enseñamos a la siguiente generación cómo recordar al Dios del Éxodo, al Dios del desierto y al Dios de la salvación consumada en Cristo, la comunidad pierde el relato de la gracia y solo queda el relato del rendimiento. En ese momento, la iglesia corre el riesgo de transformarse de “comunidad del evangelio” en “comunidad del éxito”. El pastor David Jang denuncia con fuerza el hábito humano de olvidar la gracia. Como quien derrama por sí mismo el aceite que le fue ungido sobre la cabeza y luego vuelve a quejarse de sequedad, así podemos recibir abundante gracia y dejarla escurrir en la rutina. Por eso es indispensable el entrenamiento de leer la Escritura repetidas veces y de grabar la memoria por medio de la adoración, la oración y la comunión. Para algunos, el nombre “pastor David Jang” se menciona junto con “장다윗목사” y con contextos como Olivet University, pero el núcleo de esta predicación no es una institución ni una apariencia externa, sino el camino de madurez interior que exige el evangelio. La lección del desierto recuerda que, antes que técnicas para embellecer organizaciones, hace falta sabiduría para tratar el corazón.

El punto al que esta formación apunta finalmente es la declaración de 1 Corintios 10:31: “Hacedlo todo para la gloria de Dios”. Esta frase se cita con facilidad como si fuera un aforismo religioso, pero dentro del contexto del desierto adquiere un peso totalmente distinto. En el desierto, Israel mostró que, incluso en lo más cotidiano —comer y beber—, uno puede glorificar a Dios o deshonrarlo. Su mesa podía convertirse en altar de gratitud o en tribunal de queja. El problema en Corinto también desemboca en el uso de la libertad y en asuntos de mesa. Pablo advierte que, cuando la libertad del creyente no se orienta hacia el amor que edifica a la comunidad, esa libertad puede volverse otra forma de ídolo. El pastor David Jang enfatiza aquí la “direccionalidad” de la fe. La madurez espiritual no consiste en agrandar listas de prohibiciones, sino en reordenar el centro de toda acción hacia la gloria de Dios. Al ganar dinero, al estudiar, al relacionarnos, al descansar, al hablar y al callar, la madurez es ajustar la brújula del corazón para que apunte a la gloria de Dios. En ese caso, “gloria” es lo opuesto a la autoexhibición. Vivir para la gloria de Dios significa bajar el deseo de levantar mi nombre y organizar la vida de modo que se haga visible quién es Dios.

En el proceso repetido, el estorbo más grande es la autosuficiencia que dice: “Ya soy suficiente”. El pastor David Jang superpone la escena de Corinto —una iglesia que se jactaba de conocimiento y dones, creyéndose ya “madura”— con la iglesia contemporánea. Hoy también un creyente puede manejar con soltura el lenguaje de fe, cumplir bien las formas del culto e incluso acumular “logros” en el servicio. Sin embargo, el corazón puede seguir siendo sensible a la queja, vulnerable a la idolatría, con fronteras borrosas frente a la tentación sexual, y lleno de prisa que “pone a prueba” a Dios. En ese punto brilla la advertencia de Pablo: la caída casi nunca llega “desde el principio”, sino “en el momento en que uno cree que ya está firme”. Por eso la madurez comienza no en la autoconfianza, sino en la autoexaminación. Una persona madura conoce bien su debilidad, y cuando esa debilidad asoma, tiene preparado el camino de regreso a la gracia. El pastor David Jang afirma que los relatos de fracaso del desierto no promueven desesperación: se convierten en un manual para entrenar la humildad.

La humildad no es lo mismo que la inseguridad. La humildad no es autodesprecio (“no soy nada”), sino una actitud que, sobre el realismo de “puedo caer”, edifica la esperanza de “pero Dios es fiel”. 1 Corintios 10:13 ofrece exactamente ese equilibrio. No es posible que la vida del creyente esté libre de pruebas: la prueba sopla siempre como viento del desierto. Pero Dios no permite que ese viento nos destruya. La promesa de la “salida” es esperanza: no estamos obligados a derrumbarnos una y otra vez con los mismos patrones. El pastor David Jang también interpreta esta promesa en clave comunitaria. La debilidad de uno puede resguardarse en el cuidado de otro, y la caída de uno puede levantarse dentro del arrepentimiento y la sanidad de la comunidad. Por eso la comunidad de fe debe ser no un lugar de juicio moral, sino una solidaridad de peregrinos que cruzan juntos el desierto. Cuando, en vez de vigilar el corazón del otro, nos ayudamos a recordar la gracia, el lenguaje de la murmuración se debilita y el lenguaje de la gratitud gana fuerza.

La exhortación de Romanos 12:12 —“gozosos en la esperanza; sufridos en la tribulación; constantes en la oración”— resume la vida del desierto. La esperanza es la capacidad de mirar lo que aún no llegó; la paciencia es la capacidad de caminar sosteniendo esa esperanza; y la oración es el aliento que mantiene la relación con Dios en ese camino. El camino de crecimiento espiritual que el pastor David Jang propone desde 1 Corintios 10 converge finalmente en la práctica de estos tres. Cuando la esperanza tiembla, los ídolos parecen más atractivos; cuando la paciencia se rompe, consuelos rápidos como la inmoralidad sexual hacen señas; cuando la oración se debilita, crece la actitud de “tentar” a Dios; y al final, la murmuración domina el lenguaje. Al revés, cuando la oración se restaura, crece la paciencia; cuando crece la paciencia, la esperanza se vuelve más nítida; y cuando la esperanza se vuelve más nítida, los ídolos pierden fuerza. Este ciclo no se completa de una vez, pero se profundiza en la repetición.

El “descanso” del que habla el pastor David Jang es, a la vez, punto de llegada y punto de partida de esta repetición. Parece un destino, pero en realidad es un modo de caminar. Quien confía en Dios saborea un poco de descanso ya aquí y ahora. En medio de una realidad incierta, al creer en la bondad de Dios, el corazón no reacciona en exceso. Cuando la queja sube, busca razones para agradecer; cuando la prisa presiona, pregunta por el sentido de la espera. La mansedumbre fluye naturalmente de una persona así. Una persona mansa reconoce el área que no controla y, sobre ese reconocimiento, en vez de oprimir a otros, los sostiene. El pastor David Jang afirma que cuanto más crece una comunidad, cuanto más se levantan edificios y se complica la organización, más necesarios se vuelven la mansedumbre y la gratitud. La escala no es prueba de madurez, y la velocidad del crecimiento no garantiza la profundidad de la santidad. El pueblo del desierto también era “numeroso”, y aun así cayó. Por eso el verdadero crecimiento de una comunidad debe medirse no por más actividades, sino por una gratitud más profunda, un corazón más blando y una obediencia más fiel.

En definitiva, el mensaje de 1 Corintios 10 nos hace vivir entre dos frases. Una es la alerta: “Mire que no caiga”. La otra es el propósito: “Hacedlo todo para la gloria de Dios”. La alerta no busca encogernos, sino amarnos lo suficiente para que no perdamos el rumbo. El propósito no nos empuja a acciones religiosas exageradas; nos da una visión integradora que conecta incluso la rutina más común con Dios. El pastor David Jang, aferrado a estas dos frases, invita a que, tomando los fracasos del desierto como ejemplo negativo, el creyente de hoy entre en el descanso mediante gratitud y mansedumbre. La idolatría, la inmoralidad sexual, la tentación de probar a Dios y la murmuración cambian de forma con el tiempo, pero siguen apareciendo; y, sin embargo, la fidelidad de Dios también permanece igual a través de las épocas, sosteniéndonos. Por eso, en vez de temer el desierto, debemos mirar con honestidad el corazón que el desierto revela, corregirlo con la Palabra, arrepentirnos junto con la comunidad y elegir otra vez el lenguaje de la gratitud. Al caminar así, el “espejo” que Pablo levantó deja de ser un vidrio frío que condena, y se convierte en una ventana de luz que refleja la gracia de Dios. Y ante esa ventana nos preguntamos: “¿Qué estoy temiendo ahora? ¿Qué estoy amando? ¿Ante qué estoy doblando la rodilla?”. Frente a esas preguntas, podemos escoger de nuevo no el brillo dorado del becerro, sino la luz del Dios que fue fiel incluso en el desierto.

La exposición de 1 Corintios 10 por el pastor David Jang es, al final, una invitación a recuperar el ritmo del arrepentimiento y de la gratitud. Aún hoy, cuando examinamos el corazón y respondemos a la voz del Señor junto con la comunidad, la madurez espiritual crece en tiempo presente. En ese camino saboreamos el descanso y, hagamos lo que hagamos, manifestamos la gloria de Dios.

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